Llega sin aliento, como siempre. Qué puntual es para unas cosas y qué poco para ir a ese sitio, siempre igual. Aún así, reduce el ritmo cuando se acerca a la puerta. Le encanta pararse a escuchar las melodías mezcladas; ninguna se escucha con claridad, pero no importa, son sólo un símbolo de lo que encuentra al cruzar la puerta cada día.
Saludo a la derecha, vistazo a la sala de enfrente por si hay alguien conocido, y directa a la escaleras corriendo, que llega muy tarde. Dentro, música oriental, y después un poco de romanticismo fuera de lugar, “demasiado pasional”, le dicen… Más saludos, rutina desde hace ya unos cuantos años. Y aún así, le seguirá dando pena cuando un día tenga que irse. Ya se ha acostumbrado al mal olor de los baños, a las paredes de hospital, al calor sofocante en invierno y verano. Siempre pasa, cuando te acostumbras a algo, se escapa.
Y, a pesar de la costumbre, siempre hay algo que le sorprende. Una cara que no había analizado antes, un saludo que no esperaba pero que ha llegado, un encuentro nunca imaginado en ese sitio que antes le agobiaba. Quizás lo más sorprendente era lo último. Por la persona, el lugar, y el encuentro en sí. Terminó con música, por supuesto, no podía ser de otra forma. O debería decir que empezó con música, que siguió con música.
Porque era exactamente eso, música. Una sensación, algo que no se podía frenar. Dos melodías en contrapunto, siempre llevándose la contraria, pero ejecutadas de tal forma que alcanzaban la perfección, como si de Bach se tratase. Llena de respiraciones, muchas veces a contratiempo, accelerandos y ritardandos, silencios. Fortes y pianos.
Y parece que no llega la cadencia final nunca. Que su compositor quiere alargar el momento, la película, la obra, hasta que ya no le queden más recursos, o hasta que el destino decida. Que seguirá repitiendo con variaciones que cada vez hacen la mezcla más intensa. Más pasional. Más perfecta.